Hoy presentamos a un profesor de nuestro centro que, además, es escritor. Esperamos que disfruten esta entrevista tanto como nosotros.
- ¿Cuántos libros ha publicado? ¿Cómo se titulan?
Ocho.
Atónita farsalia (1991), Aterura penuria (1994), Prosa delineada (1999), Articulatoria (2003), Cartapacio de zozobra (2003), Breviario de fervores y rechazos (2006), Posturas incómodas (2006) y Las cosas que mi abuelo no pudo contarme (2009).
Cada libro es diferente, pero básicamente me gusta documentarme mucho antes de escribir, aunque luego procuro que no se note. Con esto quiero decir que, aunque escriba sobre lo visto y vivido como experiencia, me encanta hacerlo a partir de otras lecturas que me hayan enriquecido previamente. Los periódicos me han estimulado mucho. A ellos y a los libros que he leído les debo casi todo.
- ¿Ha sacado alguna moraleja de ellos?
Del primero aprendí a desprenderme del pudor que produce publicar y a no volver a cometer errores de principiante. En el segundo, rendí un párvulo homenaje al pueblo de mis raíces, Teror. En el tercero, reuní algunos poemas rescatables de una época en la que leía mucho y escribía poco. En el cuarto, recopilé artículos de opinión que me parecieron aceptables. En el quinto, intenté hacer una especie de biblia o vademecum personal. Fue un libro muy ambicioso que no alcanzó a cubrir las expectativas que deposité en él. Aun así, es el libro que me costó más trabajo. Los tres últimos son los que más me complacen, aunque no fueron concebidos con una ambición tan grande.
- ¿Se siente identificado con algunos de los personajes?
Yo no soy novelista, y por lo tanto, no invento tramas ni personajes. Alguno despistado aparece en mis textos como fruto de la observación, pero es anecdótico. Lo paradójico en mí es que una parte de la poesía que he escrito tiene carácter narrativo, cuando en realidad yo no soy un narrador. Más bien soy alguien que observa y reflexiona e imagina, pero me encanta sintetizar, escribir prosa metrificada, o versos, si se me concede el galardón de poder llamarlos así. Los géneros que cultivo son el ensayo y la poesía, con minúsculas, porque no tengo el aliento de los grandes poetas o filósofos ni tampoco soy un corredor de fondo como los novelistas, sean grandes o no.
- ¿Piensa seguir escribiendo?
Parece ser que sí. Ya es algo consustancial a mi persona. Lo quiera o no, aunque me mortifique cuando no se me ocurre algo válido, que es la mayor parte de las horas, tengo inoculado el virus del quijotismo y lo veo todo a través de un prisma literario. Los libros me han trastornado. Soy una subespecie del ridículo caballero de la triste figura.
- ¿Cuál es su libro favorito?
Las Cartas morales a Lucilio de Lucio Anneo Séneca.
- ¿Tiene algún libro escrito, pero no publicado?
Sí, ahora mismo está en la imprenta una recopilación de artículos de opinión que se titula Porque el tiempo fluye veloz.
- ¿Qué leía en su adolescencia?
Tuve la desgracia o la suerte de caer en las garras del escritor colombiano Gabriel García Márquez. Fue una casualidad que lo leyera a la edad de trece años. A partir de ahí, recuerdo que me apasionaba leer a los hermanos Machado, Miguel Hernández, Gustavo Adolfo Bécquer, Mariano José de Larra, Pío Baroja y Camilo José Cela. Yo iba durante los veranos, siempre que podía, a la biblioteca pública de la calle Tomás Morales, sacaba un tomo de los anaqueles dedicados a la poesía y así, poco a poco, tuve acceso a poetas tan dispares como Gloria Fuertes, Juana de Ibarborou, Gabriela Mistral, Emilio Prados, Manuel Altolaguuirre o Pedro Salinas. Aquella fue mi escuela de calor. Y la temperatura de mi pasión por los libros no ha bajado desde entonces.
- ¿Qué tipo de libro le gusta leer?
Soy un enamorado de la Historia, la poesía, el ensayo periodístico, filosófico o científico, los libros de viajes y las biografías. Reconozco que soy un pésimo lector de narrativa. La realidad me parece el mejor artista y tiendo a valorar mucho el estilo, algo que muchos novelistas actuales descuidan o ni siquiera saben qué es.