Entre otras muchas cosas, este relato os enseñará que no debéis fiaros ni de vuestros mejores amigos. Yo lo hice, y ahora pago mi error.
Mi oficio era contorsionista. Trabajaba en un gran circo portugués junto a veintisiete artistas más.
Un ensayo general sin ninguna complicación, o eso era lo que se suponía que íbamos a hacer esa misma tarde. Mi compañero y amigo Ronald Salmon debía de encerrarme en una pequeña caja fuerte unos minutos para luego intentar escapar de ella con mis propios medios. Por suerte no me costó tanto ya que aquel pequeño espacio no me superaba mucho en tamaño, y también dada mi gran talento para entrar en sitios diminutos, aquello era demasiado fácil para mí.
No costó mucho entrar en aquel pequeño lugar. Mi amigo cerró la puerta metálica dejándome totalmente a oscuras.
Pasó un minuto, luego dos, tres, cuatro… aquella puerta no se abría lo que empezó a desconcertarme un poco.
“Ronald, ¿todo va bien?” pregunté. Nadie respondió, lo que empezó a desesperarme. Intenté salir de la caja pero algo no iba bien. La puerta no se abría.
Grité desesperado esperando que alguien viniera a socorrerme pero no fue así.
Sentí movimiento en la caja, alguien me estaba trasladando a un coche. Aquello iba de mal en peor. Noté como el oxígeno empezaba a agotarse. Aquel lugar era demasiado minúsculo para mí, pese a ser de mi mismo tamaño. No había espacio ni para mover un solo dedo.
¡Era terrible! Pero mi pesadilla terminó de completarse cuando noté como Ronald me bajaba del vehículo y me lanzaba. A Juzgar por el sonido supe que estaba hundiéndome en el mar. Poco a poco noté como el mundo, fuera de la caja, se quedaba mudo.
Estaba a cientos de metros bajo el mar, noté tocar fondo dentro de aquella caja. Lloraba y gritaba como un histérico. Aquello era una lástima ya que gracias a todo aquello, el público se había perdido un gran número.