Sin saber muy bien la causa, pude percatarme de que desgraciadamente la predicción del calendario Maya era cierta. En el momento en el que era perseguido por una lluvia de meteoritos que destrozaba toda la ciudad, conducía en dirección a casa para reunirme con mi familia. Solamente quería alejarme de allí. Según un compañero de trabajo, que ya yacía muerto, el gobierno había construido unas naves espaciales para escapar del planeta y tal vez volver después de cierto tiempo para volver a colonizar la Tierra pero, ¿Qué posibilidad teníamos mi familia y yo de subir a una de esas naves?, seguramente estaban fabricadas para la gente importante como el físico Stephen Hawking o la reina de Inglaterra y no para un simple dentista y su humilde familia. Es curioso, la gente siempre ha soñado con la idea de que, tras su muerte, pudieran encontrar un maravilloso lugar llamado paraíso. Ahora estoy seguro de que si vosotros vierais el mundo como lo estaba viendo yo en aquel momento, pensaréis que el planeta antes del 2012 era un auténtico paraíso.
Bajé a toda prisa del vehículo, recogí a mi esposa y a mi hijo y volví a subir en él. Mientras pisaba el acelerador pude ver salir a mi vecino, el señor Wesley, salir de su casa como un loco gritando: “¡nos invaden los extraterrestres!”, reconozco que me hizo gracia, pero no era momento para diversión. Lo único importante era sobrevivir, seguí acelerando observando como toda la ciudad y los seres que más queríamos, conocidos, amigos, familiares… eran envueltos en una gran llamarada que caía del cielo. Los edificios se derrumbaban violentamente, el suelo se agrietaba y estaba tan caliente, que pese a estar en el interior de mi coche, me quemaban los pies.
Aquello era un auténtico CAOS. Me dirigía en dirección al mar. Fue un error que lamenté cuando, junto a mi familia, pude ver un gran tsunami aproximándose a nosotros. Una brutal ola de más de dos mil metros que arrasaba todo lo que encontraba a su paso. Frené el vehículo y junto a mi familia nos bajamos de él. Aquel “monstruo” se acercaba, la gente gritaba aterrada. Miré a mi mujer y a mi pequeño, sonreí y los abracé con tanta fuerza que incluso pude hacerles daño. Recuerdo que llegué a pensar que, quizás, con un poco de suerte lograra reencarnarme junto a ellos después de aquello. Pero, siendo el fin del mundo, ¿quedaría algo en lo que poder reencarnarnos?
Layonel Marrero






